EL CDM Y LA LLAVE DE PLATA
PREMONICIÓN.
El castillo, enorme, gigantesco, con esos amplios
corredores de piedra, esos tapices viejísimos colgando de las paredes, esas
antorchas dando una lúgubre sombra a los pasillos. Y nosotros siete. Intentando
encontrar dónde estaban encerrados nuestros compañeros de clase. Sabíamos que
era una mazmorra que tan sólo se abría con aquella llave de plata que teníamos
entre nuestras manos. Pero el verdadero misterio no radicaba sólo en dónde
estaban los demás, sino en quién era el jefe de aquella banda que tanto parecía
saber sobre nuestro colegio, que tanto parecían conocer nuestros profesores y
que, a día de hoy, aún continuaba siendo una incógnita.
Seguimos avanzando sin saber dónde estaban nuestros
compañeros y desconociendo las trampas que nos habrían puesto nuestros
enemigos, que merodeaban por allí intentando darnos caza. O acabábamos pronto
aquello y los encontrábamos, o lo que acabaría sería nuestra vida, muy
prematuramente.
1.
El escondite perfecto.
Era más de media noche.
Prácticamente todo el mundo estaba durmiendo en Cartagena y en sus
proximidades. Todo estaba tranquilo, silencioso.
El silencio quedaba roto
solamente por el ruido de algún coche que pasaba por la calle, pero todo estaba
silencioso. Resumidamente, todos dormían. En especial los alumnos del colegio
marista “Sagrada Familia”. Veremos por qué... En fin, para qué seguir aquí.
Pasemos a la mañana.
Una mañana en la que comenzaba
el colegio, comenzaba la rutina, el trabajo, los duros despertares a las siete.
En el colegio marista “Sagrada Familia” no iba a ser una mañana cualquiera. No,
señor, los cursos de 4º D y 4º C de E.S.O iban a hacer una visita a la ciudad
de Alicante, para admirar un castillo de tiempos antiguos que aún se mantenía
en perfecto estado. Los encargados de la visita serían los tutores de ambos
cursos. Aquella mañana todos habían llegado al colegio bastante temprano. En la
clase de 4º D no había quien pudiera hacer callar a ninguno de los que estaban
allí.
—Vaya
cosa—decía Jorge Ferreiro—. El primer día y ya nos vamos de excursión.
—Lástima
que no nos dejen ir al parque temático que hay unos kilómetros más adelante— se
lamentó Daniel Robles—. Sería mejor.
—Nadie
te obliga a ir, Dani— intervino Javier Gómez—. Si te quieres quedar...
—No,
Javi, no me voy a quedar copiando cincuenta listas de verbos irregulares en
inglés por no ir a esa tontería de excursión— le respondió Dani.
En
ese preciso momento entró por la puerta don Antonio Martínez Martos, profesor
tutor de la clase de 4º D.
—Bien,
señores...— comenzó. Todos se callaron y se sentaron en sus respectivos
asientos—. El autobús está abajo. Sale a las ocho y media.
—¿De
la tarde?— bromeó Lucas Escudero, como siempre.
—Qué
tonto eres, Lucas— le decía Pablo Martínez, alias Pally.
—Bueno,
si quieres quedarte a copiar verbos hasta esa hora en la que tú dices que sale
el autobús, pues adelante— le sugirió don Antonio.
—No,
profesor, por Dios, yo no quise decir eso, usted ya sabe, era broma— se
apresuró a contestar Lucas.
—¿Pues
para qué hablas entonces si no sabes lo que dices? Ay, Lucas, Lucas...— suspiró
don Antonio, y continuó—. Bien, ahora vamos a bajar en silencio porque los de
tercero están en clase.
—Pobrecillos—
murmuró Lucas. Pally le dio un capón.
—Cállate
ya— le dijo.
—Pobrecillo
tú, que te vas a quedar como no te calles de una puñetera vez— dijo don
Antonio, que empezaba a perder la paciencia.
Todos
bajaron al autobús. Se subieron y éste se puso en marcha. Los profesores se
sentaron uno delante y otro detrás, para poder controlar mejor a los alumnos.
—Podemos
irnos ya— le dijo don Antonio al chófer. El autobús, que iba lleno a rebosar, y
tenía setenta plazas, partió hacia Alicante.
Es
precisamente aquí donde comienza nuestra historia. La prensa de la ciudad no
hacía más que hablar de otra cosa. Había desaparecido como por ensalmo todo el
dinero de todos los bancos, todas las joyas de todas las joyerías y en ese
mismo instante se estaba produciendo un atraco. Los atracadores desvalijaron
completamente una tienda de relojes de pulsera y se largaron de allí a toda
prisa. La policía intentó seguirles, pero no consiguieron nada para atraparles.
Los ladrones se dirigieron de inmediato al castillo de Santa Bárbara y entraron
en él, seguramente para esconder lo robado. Tardaron demasiado en salir, pero
cuando lo iban a hacer, apareció un autobús del que se bajaron por lo menos
sesenta y cinco críos y dos hombres adultos. ¿Pero qué era aquello? Los hombres
entraron al castillo a toda prisa. Don Antonio explicó brevemente lo que harían
y que don Enrique, tutor de 4º C, les contaría un poco sobre la historia de
aquel lugar. Minutos después, todos estaban en el castillo. Todos excepto
Alejandro del Palacio, Juan Salas y Carlos Gallego, que estaban buscando algo
en el suelo.
—¿Pero
qué hacéis? ¿Queréis entrar ya?— les gritó don Antonio.
—¡Un
momento, que a Palacios se le han caído diez euros!— dijo Juan, mirando por el
suelo.
—Alejandro
del Palacio, entra en el castillo— dijo don Antonio.
—Voy,
voy. Ah, aquí están los billetes. Condenados...—murmuró Palacios.
Una
vez dentro del castillo, se situaron en el pasillo principal. Cuando don
Enrique iba a empezar a hablar, sonaron dos voces.
—¡MANOS
ARRIBA!
—¿Qué
diablos...?— don Enrique se volvió. Dos tipos apuntaban a todo el grupo con
sendas pistolas.
—¡Eh!
¿Tenemos pinta de dianas?— les espetó Lucas.
—Como
no te calles tendrás pinta de colador— uno de los hombres le apuntó.
—Mira
qué bien. Ahora los espíritus de los se señores feudales se pasean por ahí
sueltos con pistolas— dijo Dani—. Pero qué...
—¿Peste?—
le interrumpió Javi.
—Sí,
eso...
—¿Os
vais a callar ya? Vosotros lo sabéis, seguro, lo sabéis. Como nos delatéis os
vamos a...
—¿Qué
tenemos que saber? ¿Qué significa esto? ¿QUÉ DEMONIOS ESTÁ PASANDO?— gritó
Palacios.
—Déjalos.
No saben nada— dijo uno de ellos.
—¿Quiénes
sois vostros?— preguntó Lucas.
—Mejor
que no lo sepáis— dijo el hombre.
—Eh,
le he hecho una pregunta. Si no quiere que le detenga, contésteme. Tiene pinta
de sospechoso. Muy sospechoso— dijo Lucas.
—¿Sospechoso?
¿Yo? ¿Por qué?— preguntó el hombre, de forma muy atropellada.
—No
sé. Dos tipos que se esconden aquí dentro y que nos apuntan con un arma, lo veo
completamente una chorrada.
—Bah,
tonterías, ya nos vamos— los hombres guardaron las armas y se fueron de allí,
dando un portazo a la inmensa puerta de madera.
—Pero
qué tíos más raros— Javi seguía mirando a la puerta.
—Yo
no entiendo a la gente así, la verdad. Su comportamiento el ilógico,
completamente— dijo Dani. No había terminado de decirlo cuando oyeron que el
autobús arrancaba. Todo el mundo salió fuera del castillo en tropel y vieron
cómo su propio autobús se perdía en la distancia. El chófer estaba atado a un
árbol, víctima de haber recibido una paliza.
—¿Pero
qué coño pasa aquí?— bramó Palacios—. Unos tíos que nos apuntan con una
pistola, que dicen que los vamos a delatar por algo que no sé ni lo que es,
guardan las pistolas y se van tan mansos, le dan una paliza al chófer y lo atan
a un árbol y se llevan el autobús como quien no quiere la cosa. Desde luego,
cada día el mundo está peor.
—Lo
malo es que estamos aquí tirados— dijo don Antonio—, a no ser que vayamos a la
ciudad y alquilemos un autobús de vuelta a casa. Lo que no sé es cuánto
costará.
—Hay
que recordar que gracias a la espada aquella tenemos un millón de euros en el
banco, de recompensa— recordó Dani. La espada había pertenecido a los romanos y
era una reliquia del museo, hasta que alguien la robó. Fue en concreto Dani
quien la encontró, cuando fue encerrado en la Catacumba Perdida
junto con Jorge, Raúl y Pedro Rubio. La recompensa por devolverla era de un
millón de euros, cifra nada despreciable.
—Yo
pasaba todo el día en el parque acuático que hay aquí al lado, y luego
alquilamos un autobús y a casa— dijo Dani.
—Te
recuerdo que hemos venido a ver el castillo, no lo olvides— le dijo don
Antonio.
—Bueno,
vale. Entremos al castillo. En fin, la vida es dura— se resignó Dani. Entraron
todos al castillo de nuevo y avanzaron por los pasillos.
—Esto
cansa, es muy grande— Dani volvía a las andadas...
—Te
he dicho antes que nadie te obligaba a venirte— le dijo Javi—. Ahora te
aguantas.
Estaban
en un enorme salón. En las paredes colgaban varios tapices que se mantenían en
buen estado. Dani avanzó hacia uno, lo tocó y nada más hacerlo, el tapiz se
vino al suelo.
—¿Qué
has hecho?— exclamó Jorge.
Dani
no miraba el tapiz. Miraba un agujero tras la pared. Dentro del mismo había una
pequeña palanca. Dani la apretó y se abrió una cavidad en la pared.
—Dani...
te has cargado el tapiz, pero aquí dentro hay cosas magníficas— Javi había entrado—.
Fíjate. Dinero, joyas, relojes valiosísimos. Un escondite perfecto para todo
esto, ¿no crees?
Dani
no contestó. Se había quedado con la boca abierta. Don Antonio sugirió llamar a
la policía, que llegó enseguida.
—Muy
bien— dijo el inspector—. Así que esos chorizos escondían aquí todo lo que se
han llevado en estos últimos tres días.
—¿Tres
días? Venga, hombre, no me haga reír— dijo Lucas.
—Tres
días. Claro que con un arsenal de armas como tiene esa maldita organización...
—¿Organización?
Pero si sólo eran dos. ¡Y los pillamos aquí con las manos en la masa! Incluso
nos apuntaron con una pistola— se lanzó Palacios.
—Tú
lo has dicho. Dos. Dos docenas, se entiende. Y no hay quien haya podido
atraparlos. Siempre que cogemos a alguno, resulta que al día siguiente no está
porque le ayudan a escaparse. Malditos gil...
—Bueno,
no es para ponerse así— intentó calmarle Prefasi—. Los cogemos y vigilamos su
celda día y noche hasta que pillemos a toda la tropa, ¿vale? No sabrá cuándo es
la próxima reunión y dónde...
—Sí—
afirmó el inspector—. Este castillo, esa cámara. Sé que la próxima reunión será
esta tarde. Me encanta enterarme de todopor la informática moderna, los
altavoces de los ordenadores y un micrófono bien instalado.
—Bien,
mañana Juan, Carlos, Pedreño, Adrián, David y yo, los que hagan falta,
estaremos aquí para pillar su próximo truco— propuso Palacios.
—Tú
sabrás lo que tienes que hacer— le dijo Javi—. Yo no digo nada pero sois muy
pocos...
—Da
lo mismo. Esos tipos ruines, oscuros y perversos caerán dentro de una mazmorra
en la cárcel llena de ratas que se les coman los calcetines— Juan Salas habló
en un tono muy duro.
—¿Calcetines?—
preguntó Pedreño—. ¿Por qué?
—Porque
huelen a quesos, hombre. Anda que estás tú para vigilar.
—Bien,
nosotros esperaremos fuera—dijo Prefasi.
—Y
nosotros estaremos al volver la esquina del primer pasillo— continuó Jorge—. Si
os parece bien.
—Otra
banda que va a caer. Me encanta...— Juan Salas se frotó las manos.
—Puede
ocurrir que nos pesquen— dijo Javi.
—Eso
no va a pasar— contestó Palacios—. Todo estará bien calculado.
—Bien—
aprobó Javi—. Estás al mando de la operación. Esto ha sido “tu” idea...
—Perfecto.
Nosotros estaremos escondidos al lado del tapiz esperando a que salgan los de
dentro, para echarles el guante. Luego, los demás os escondéis en sitios
estratégicos.
—Está
bien, no escaparán—dijo Juan—. Todo listo, Palacios sorprende al mundo con sus
planes.
—Mejor
preocupémonos de que esos tíos no nos sorprendan a nosotros metiendo las
narices en sus asuntos— dijo Palacios—. La reunión está al caer, no quiero
fallos.
—Si
algo sale mal tú tienes la culpa— le dijo Carlos Gallego—. Estoy harto de
pequeños errores de cálculo.
2.
La
reunión ultrasecreta.
A
la hora prevista, todos se ocultaron fuera del castillo. Cada uno se situó en
un lugar diferente para no ser descubierto. Eran las siete de la tarde, hora
punta. El grupo de ladrones comenzó a llegar en el autobús que habían robado.
Todos bajaron y entraron al castillo. El grupo de Palacios se hallaba oculto
dentro, en otro pasillo. Cuando toda la banda entró en el cuarto oculto por el
tapiz, Palacios y su grupo completo se plantó frente a él. Cada uno sacó su
pistola de dardos - somnífero, que tan buenos resultados habían dado en otras
ocasiones. Los dardos inyectaban un líquido somnífero que dejaban durmiendo a
quien lo recibía, al menos doce horas. Media hora más tarde los de dentro
salieron y Palacios les dio la bienvenida.
—Buenas
tardes, panda de indeseables...
—Vaya,
vaya, ¡pero si eres tú!— exclamó el jefe de la banda. Palacios se quedó
atónito...—. Parece que tenemos compañía.
—¡Tú
lo has dicho!— exclamó Palacios—. Estáis todos...
—Qué
tipo más gracioso, jefe... grande y gordo como un gran oso de peluche...— decía
otro.
—Os
estáis buscando un lío— dijo Palacios.
—No.
Os lo estáis buscando vosotros, metomentodos. ¡Entrad ya!— bramó el jefe de la
banda.
Un
grupo de treinta personas entró en tromba al castillo.
—Me
parece que habéis venido al lugar equivocado...— dijo el jefe.
En
ese momento todo el CDM saltó de sus escondites.
—¡Que
no se mueva nadie!— bramó Pedro Rubio.
—Siempre
tiene que hablar el académico— gruño Prefasi.
Todos
se vieron de inmediato rodeados de gente apuntándoles con revólveres.
—¿Nunca
te ha dicho nadie que hay que estar callado en estas situaciones?— le espetó
Prefasi.
—Podéis
callaros, sí— dijo el jefe—. Porque inmediatamente vais a ser encerrados en esa
cámara. Una vez ahí os propondré una alternativa para liberaros. Andando.
Todo
el CDM fue conducido al interior de la habitación secreta. Una vez allí el jefe
de la banda escogió a uno de los grupos del club.
—Bien,
veamos— dijo. Señaló a Jorge—. Tú, y tu grupo. Tendréis en vuestra mano la
posibilidad de liberar a vuestros compañeros.
—¿Cómo?—
preguntó Jorge.
—Tendréis
que pasar por una serie de cinco sencillos desafíos...
—¿Qué
tipo de desafíos?— interrumpió Jorge.
—No
será muy difícil, ya que sois tan valientes, tan...
—¡Corta
el rollo y ve al grano!— exclamó Palacios.
—Bien,
Arnold— le dijo el jefe de la banda—. Lo que tenéis que hacer es simple. Cinco
sencillos casos (al menos eso le dijimos a los anteriores, de los cuales cinco
quedaron vivos). ¿Quién forma tu grupo?
—Javi,
Dani, Lucas, Raúl, Pedro Rubio y yo...
—Muertos
de miedo, ¿eh? Pues esto no es nada. Lo que queremos es simple.
—¡Bueno,
quiero que nos lo digas antes de que yo vaya a la Galaxia Andrómeda
andando y vuelva!— bramó Palacios, de nuevo.
—Bueno,
está bien— dijo el jefe—. Tú no pintas nada, cierra el pico.
—Lo
que voy a cerrar es tu cabeza después de abrirla...
—Bien.
Una serie de cinco pruebas que os darán la libertad o...— el jefe se pasó el
dedo índice por la garganta—. Así que empleaos a fondo.
—Bien—
dijo Dani—. Pues vamos al lugar del pequeño desafío apestoso.
—Es
para hoy— siguió Javi—. ¿Y si no lo conseguimos?
—Os
pudriréis todos en la mazmorra— contestó el jefe—. Seguidme...
El
grupo siguió al jefe hasta el exterior del castillo. Los demás quedaron
vigilados. Dani, Jorge, Javi, Lucas, Raúl y Pedro siguieron a aquel tipo hasta
el parque temático.
—Ahí
dentro es el primero de los cinco desafíos— señaló el jefe— que tendréis que
superar.
—¿Esa
pequeña cosa?— preguntó Lucas, muerto de risa.
—Cuando
comiencen a suceder cosas ya lo veréis. Tenéis que atrapar, cosa que no
sucederá nunca, a alguien que comenzará a sabotear todo, de arriba abajo.
—¿Quién,
exactamente?— preguntó Jorge.
—Eso
es lo que tenéis que averiguar. Volveré... Espero que tengáis mala suerte.
—Gracias,
Su Apestosa Excelencia— le respondió Dani—. Qué tío más borde.
—Eso
ya lo sé— le dijo Javi—. ¿A qué sabotajes se referirá?
En
ese momento se oyó una voz.
—Atención,
por favor. El mecánico más próximo, acuda a la Lanzadera.
—¿Qué
pasa en la Lanzadera?—
preguntó Dani, mirando la atracción. Era una torre vertical de cincuenta metros
de altura. Los vagones eran subidos y se dejaban caer libremente hacia abajo.
Pero en esta ocasión los vagones estaban arriba, atrapados, sin caer. Mientras
que el grupo urdía un plan para resolver aquello, Palacios intentaba sonsacar a
la banda dónde habían escondido lo robado.
—En
realidad— dijo el jefe—, está en algún lugar de esta habitación, pero sois
demasiado bobos para encontrarlo.
—Desde
luego— Palacios se dirigió a Juan en voz baja—, he visto cretinos en mi vida,
pero éste deja a los demás por los suelos...
En
el parque, el grupo del CDM se dirigía a la cabina de control. No había señales
de nadie. Los guardias de seguridad hacían lo imposible por evitar una
catástrofe.
—¿Ocurre
algo malo?— Dani se acercó a uno y le preguntó.
—¿No
lo veis o qué? ¡Es la ruina! La
Lanzadera allá arriba, con cincuenta personas desesperadas,
la montaña rusa bloqueada a mitad de subida, los rápidos sin corriente y los
vagones atascados a mitad del río, y las cataratas no tienen agua, sino whisky
mezclado con soda, ¡y LO PEOR DE TODO ES QUE VAN A DESPEDIRME!— al decir esto
el guardia cogió a Jorge y lo zarandeó de un lado a otro.
—¿Y
qué hay de la atracción del laberinto del minotauro?— preguntó Lucas.
—Oh,
no... los monstruos de la atracción... se han salido y están asustando a todo
el mundo. ¡La ruina, la ruina! Deberíais echar un vistazo por allí...
—Vamos,
pues, a darles una tunda a los monstruos— Javi se dirigió hacia esa atracción,
seguido de los demás.
—No
se preocupe, señor guardia de seguridad social— dijo Dani—, en breves años
tendremos controlada la situación.
El
guardia se llevó las manos a la cabeza y se fue, desesperado...
3.
El
desafío del parque temático.
El
CDM se dirigó a la atracción del laberinto del minotauro. Empezaron a colarse,
ante las protestas de la gente que aún hacía cola.
—Eh,
¡vosotros! A la cola, como todo el mundo
—Somos
del CDM, dejen paso— decía Pedro—. Nosotros detuvimos al Ahorcado y al Gran
Jefe Cartaginés, el de la espada robada...
—Cuentista—
dijo un tipo con pinta de chulo, cerrando el paso a Pedro—. Por aquí no entra
nadie, ¡a la cola, venga!
—Se
lo voy a decir. Déjennos pasar ahora mismo— le advirtió Pedro.
—Que
te deje la vaca de tu madre— le dijo el tipo.
Pedro
se enfureció, y de improviso le cogió el brazo y le dio media vuelta, dejándole
la muñeca torcida hacia el techo.
—¿Podemos
pasar, señor chulo?— preguntó.
—No.
A la cola.
—Es
uno de ellos— dijo Pedro—. Estoy seguro. No se habría puesto así si no fuera su
compinche...
—¿De
qué hablas?
—¡Vamos,
habla!— Pedro le retorció la mano y el tipo soltó un grito de dolor—. ¡Venga!
—Vale,
vale, habéis ganado...— dijo el tipo. Pedro le soltó, pero apenas le había
dejado cuando un pie le alcanzó en todo el pecho. Raúl sacó la pistola de
dardos y apuntó al tipo.
—Dame
tu carné de identidad y todos tus papeles ya— dijo.
—Muérete...
Raúl
disparó sin miramientos y el tipo cayó redondo al suelo. Sacó la documentación
y leyó.
—Qué
cosas que pone aquí. Mirad, en este papel pone que es miembro oficial de la BCN...
—Será
idiota. ¿La BCN?—
preguntó Lucas.
—Sí.
Banda de la Cruz Negra.
Ese es su símbolo. Y el símbolo del anillo que tenía el tipo que atrapó a los
demás. Esos tíos han estado robando toda la ciudad de una forma increíble. Son
imparables.
—Raúl,
eres un fenómeno— dijo Javi—. Vamos dentro.
Sin
más impedimentos, pasaron al túnel del laberinto, no sin antes desactivar la
atracción. Una vez que entraron siguieron el camino. Cuando doblaron una curva
a la derecha, dos tipos les salieron al paso delante de ellos. Iban armados con
cuchillos.
—Pudriros
ya— dijo uno, adelantándose y blandiendo su arma contra Jorge. Éste se apartó y
Lucas alcanzó al hombre con una patada en el trasero. El otro atacó a Javi, que
se apartó, le cogió el brazo que llevaba el cuchillo y le desarmó. Acto seguido
lo lanzó contra el suelo. Dani miraba murmurando entre dientes su frase
preferida: “Qué peste...”. Una vez reducidos los dos tipos, el grupo siguió
adelante. No sabían que sería lo próximo a lo que se enfrentarían.
—Menos
mal que esos bichos que hay colgados del techo son de mentira— comentó Javi—.
Dan escalofríos.
Apenas
había dicho eso cuando un montón de figuras colgadas en el techo se les
vinieron encima.
—¿Pero
qué pasa? ¡Se supone que esto ocurre sólo cuando hay algún vagón pasando!—
exclamó Jorge, al tiempo que se tiraba al suelo.
Un
montón de figuras colgadas del techo. Se desplazaron hasta el suelo y
comenzaron a andar hasta el grupo.
—Me
he cansado de estos pajarracos— dijo Raúl, y le dio una patada a uno,
lanzándolo contra la pared. Todos lo imitaron y en pocos minutos ya no había
más pájaros persiguéndolos. Anduvieron unos pocos metros más y llegaron a un
lugar en el que la atracción era más oscura. Oyeron ruidos... siguieron
caminando y vieron ante ellos diez centauros furiosos que corrían hacia ellos.
—¡Esto
no forma parte de la atracción!— protestó Dani, apretándose contra la pared—.
Ya estoy harto. Primero aves fénix o lo que quiera que fueran. Ahora centauros.
¿Qué serán después? ¿Unicornios furiosos, cirenas sin cola, hipogrifos sin
garras? ¡Me estoy cansando!— sacó la pistola y se puso a disparar contra los
centauros. Pareció dar buen resultado, porque aunque los monstruos eran
mecánicos, el líquido somnífero pareció adormecerlos.
—Vaya—
dijo Dani—. Debe ser que el líquido penetra entre los sistemas y los bloquea...
—Sigamos.
El tipo idiota ese que manipula los controles tiene que estar por aquí. De otro
modo yo no sé dónde porras se escondería— dijo Javi. Siguieron andando. Y no
llevaban ni cincuenta pasos cuando otros dos tipos les salieron al paso. Iban
armados con pistolas. Javi y Raúl dispararon un dardo a cada uno.
—Lo
que nos faltaba, tener que soportar a dos pelmazos con una escopeta más grande
que el cerebro de Dani...
—Cállate—
le dijo éste. Siguieron caminado y apareció una figura al fondo.
—Vaya,
habéis conseguido llegar a la mitad del laberinto— les dijo—. Yo soy el que os
ha estado preparando todo esto.
—Sí,
claro. Encantado de conocerte— dijo Lucas—. ¿Por qué no das la cara?
—Muy
buenas...—el hombre se adelantó. El grupo del CDM se quedó con la boca abierta.
—No
puede ser...— balbuceó Javi.
—Sí
puede ser— dijo el tipo, sacando dos cuerdas.
—¡El
Ahorcado!— exclamó Javi, disparando. El dardo rebotó.
—Llevo
una fuerte protección en todo el cuerpo contra vuestros dardos ridículos— dijo.
Lanzó una cuerda contra Lucas y otra contra Dani, agarrándolos a ambos.
—Bien,
¡entonces te vas a enterar!— Javi avanzó hacia él. El Ahorcado le dio una
patada, o al menos lo intentó porque Javi la esquivó. Raúl sacó una navaja de
bolsillo y cortó las cuerdas que tenían medio asfixiados a Dani y a Lucas. El
enmascarado no se preocupó, sacó más cuerdas y agarró al mismo tiempo a Raúl,
Dani, Javi y Lucas por el cuello. Los dejó amarrados a un centauro, que por
suerte ya estaba quieto sin moverse, y sacó un mando. Apretó un botón.
Inmediatamente una manada de hipogrifos furiosos apareció allí.
—Esto
es lo que hay al final de la atracción antes de que aparezca lo definitivo—
dijo el Ahorcado. Lucas intentó soltar las cuerdas, pero no pudo. Raúl le lanzó
la navaja; Lucas la cogió y cortó. Todos salieron corriendo hasta el final.
—Oh,
no podéis hacer eso— el Ahorcado meneó la cabeza—. Huir es de cobardes...— y
apretó otro botón. En la salida del túnel apareció un gigantesco minotauro.
—Estamos
arreglados— dijo Pedro.
—¡No!—
bramó Dani, disparando los dardos que quedaban contra el minotauro. Éste avanzó
hacia ellos mientras los hipogrifos se acercaban por el otro lado.
—¡Apartaos,
contra la pared!— exclamó Javi. Todos se pegaron a la pared y avanzaron hacia
el lado del que habían venido los hipogrifos, de los cuales quedaban unos
cuantos solamente, ya que Jorge había vaciado medio cargador de somnífero en
ellos. Pasaron sorteando los monstruos, pero una soga volvió a agarrarles.
—Este
estúpido me tiene hasta las narcies— dijo Javi. El Ahorcado se acercó, y Javi
le dio una patada donde solía doler más. El enmascarado se rió.
—Creo
que mi protección anti - dardos sirve para proteger otras cosas...
—Te
reirás menos dentro de cinco minutos—dijo Javi, dándole una patada y tirándolo
de espaldas—. No te haré daño, pero al suelo sí te puedo tirar.
En
ese momento los hipogrifos y el minotauro volvían.
—Yo
me voy— dijo el Ahorcado, desapareciendo por la vía de la atracción.
—Hay
que apartarse— dijo Jorge—. Contra la pared...— los hipogrifos volvieron a
pasar de largo. Una vez en la pared se libraron de la cuerda. Volvieron sobre
sus pasos y salieron de allí. Vieron al Ahorcado afuera apretando los botones
de un mando. Javi le tocó el hombro. El Ahorcado se volvió y lo único que vio
antes de caer inconsciente fue un codo que le golpeó en la cara.
—Arreglado—Javi
cogió el mando y lo destrozó contra la pared, haciendo así que el parque
pudiera volver a funcionar como antes.
4.
Vuelta
a Cartagena.
Una
vez resuelto el problema del parque, el CDM volvió al castillo. Cuando entraron
en el lugar donde estaban todos prisioneros, encontraron a Juan Salas jugando
una partida a las cartas con el jefe de la banda.
—¡Te
he vuelto a ganar! Vaya un tío malo que estás hecho...
—Te
digo que te ganaré alguna vez— le dijo el jefe—. Te ganaré...
—Bueno,
¿dejamos el cachondeíto? ¿Alguien nos va a atender?— preguntaba Lucas, y todos
le miraron.
—Ah,
ya veo que el plan del Laberinto no ha funcionado. Debí poner más trampas...
—¿Más
trampas dices, desgraciado? ¡Los tipos armados que nos salieron, los bichos
mitológicos y fantásticos de la porra, un minotauro más grande que un
tiranosaurio y el Sogas al Cuello! ¿Te parece poco? ¿Te parece divertido,
verdad?— bramó Dani.
—Lo
cierto es— dijo el jefe de la banda— que para nuestro segundo desafío debemos
ir a vuestra ciudad. Iremos a Cartagena, todos pasaréis la noche en el colegio,
y el que intente escaparse... bueno, no lo contará.
—Conmovedor—
dijo Juan—. ¿Otra partida?
—Paso—
le respondió el jefe—. La próxima vez jugaré con otro...
—¿Por
qué no jugamos un partido de balonmano? Es bueno hacer ejercicio— propuso Pedro
Rubio.
—¡Oh,
callaos de una vez! En cuanto llegue el autobús nos vamos a Cartagena. Los
setenta y nuestra banda.
—¿Y
cuál será la siguiente tontería que tendremos que hacer?— preguntó Lucas,
riéndose—. ¿Trepar a una higuera? ¿Comprar un caramelo de naranja en el kiosco
de la esquina?
—Lo
sabréis a su debido tiempo—dijo el jefe—. Llega el autobús. Vamos, señores.
Ustedes también, profesores.
Don
Enrique pasó por su lado.
—Es
usted un ser despreciable, señor Durán. Me esperaba mucho más de usted—le dijo,
lentamente, acentuando las eses marcadamente.
—Como
les pase algo a los alumnos, yo...— empezó don Antonio, pero le cortaron.
—Usted
irá a la cárcel acusado de asesinato o intento del mismo y yo presentaré las
pruebas— dijo el jefe, dando muestras de que lo tenía todo bien atado.
Una
vez en el autobús, todos se sintieron completamente desesperados.
―Hay que escapar de aquí― dijo Lucas, sentado al lado de Pedro―. Tenemos que hacer algo.
―No sé yo qué hacer―suspiró Pedro, desalentado―. Si intentamos escapar el tipo este
es capaz de encontrarnos y tirarnos dentro de un volcán en erupción.
El
autobús avanzaba por la autopista de Cartagena, lentamente. Una vez que
llegaron, a las siete de la tarde aproximadamente, la clase de cuarto C fue
liberada. La de cuarto D fue encerrada en el salón de actos del colegio. Los
tipos de la banda cerraron todos los accesos posibles y encerraron también a
los dos profesores.
―Me encanta―dijo el cabecilla de la banda―. Ahora mismo el grupo que debe
realizar mañana el segundo paso hacia vuestra perdición (porque de ésta no
salís) va a irse cada uno a su casa, a descansar y a reponer fuerzas.
―Menos mal―dijo Javi―. Ya me estaba cansando de veros la
jeta…
―¿También el Sogas al Cuello era de
vuestra banda? ―preguntó Dani―. Porque no apetece nada ir con unos
veinteañeors que van robando todo lo que pillan.
―Hay muchas cosas de mí que no sabéis― dijo el jefe, y sus ojos
relampaguearon―. Podéis iros. Y
ya sabéis que como no aparezcáis mañana, tiramos a vuestros compañeros a un
volcán en erupción.
―Qué te dije antes… si es que soy un
fenómeno―murmuró Pedro,
dándole un disimulado codazo a Lucas.
Javi
fue hacia la parada de autobús con sus
compañeros. Estuvieron hablando del tema hasta que el autobús llegó. Javi se
subió en él y les dijo, despidiéndose:
―Acordaos de llevar mañana las
pistolas de dardos. Pueden hacer falta.
―Espero que no volvamos mañana a la
maldita Catacumba Perdida―musitó Dani―. Hasta mañana.
*** *** *** ** *** ***
Amaneció
el día siguiente. Javi llegó a las ocho al colegio y de inmediato buscó a sus
compañeros. Todos estaban en clase. Javi llamó a la puerta. El jefe de la banda
abrió.
―¿Qué pasa aquí? ―preguntó Javi, mosqueado.
―No os ibais a quedar sin clases por
nuestra culpa, así que vais a estar aquí continuando con vuestros estudios al
margen de todo este asunto.
―Qué considerado…―murmuró un irónico Javi, ocupando su
sitio en primera fila, justo delante de Lucas y Pedro―. Bien, si te empeñas será por algo.
―Buenos días, Javi―saludó Lucas.
―Buenos serán para ti, que estás
seguro de que no te va a comer un tigre enorme―le
contestó Javi.
―Bueno, si te ataca un tigre siempre
puedes ponerle a Pally de cebo para que se lo coma a él y…
―Oh, cállate― le contestó Pally, sentado justo
detrás de Lucas, dándole un puñetazo en el hombro.
A
clase entró el profesor de Lengua y Literatura, don Constancio Crespo. Cuando
vio a aquel tipo al lado de la puerta cerrándola con llave no pudo reprimir un
gesto de fastidio.
―¡Tú!
―¿Sorprendido, don Constancio?
―¿Qué haces aquí?
―A usted no le importa. Dé la clase
como si yo no estuviera aquí―le
contestó el jefe de la BCN.
―No quiero un ayudenta y menos a ti,
así que sal de esta clase ya―le
ordenó don Constancio.
―En fin―suspiró
Javi―, va a ser una
mañana muuuy larga…
Don
Constancio no fue el único que se quejó de aquel tipo pesado. También el
hermano don Carlos de la Vega,
don Antonio y otros estaban deseperados. Lo que no pasó inadvertido para Javi
es que todos los profesores parecían conocerle.
5
El
segundo desafío del CDM.
El
CDM fue nuevamente encerrado por el cabecilla de la banda. Únicamente el grupo
que estaba intentando liberar a sus compañeros por medio de la realización de
los cinco desafíos quedó fuera.
―Bien―dijo
el jefe―. Veo que estáis
vivos. Dentro de poco no estaréis sobre la faz de la Tierra.
―Corta el rollo, ¿quieres? Y dinos
cuál es la segunda chorrada que hay que hacer―exigió
Lucas.
―Vosotros lo llamáis chorrada, pero yo
no estoy tan seguro―le contestó el
jefe, y comenzó su rollo de nuevo―.
Parece ser que las quejas de los vecinos de la ciudad en cierto barrio de la
misma se acrecientan día a día. ¿Por qué? Fácil: una banda callejera que no
para de hacerles la vida imposible. Organizan botellones, trafican con drogas y
demás historias. Los vecinos han denunciado el caso varias veces, aunque la
policía no está muy dispuesta a intervenir.
―Y nosotros tenemos que quitarte de en
medio a esos pestosos para que vosotros tengáis vía libre allí―adivinó Dani.
―Muy bien, Robles―exclamó el jefe de la BCN―. Si no lo conseguís… bueno, creo que
alguno de vuestros compañeros sufrirá mucho.
―Vale, dinos dónde es y te los traemos
a todos― dijo Javi.
―Al lado del conservatorio de música.
Por lo que he oído, preparan un pequeño asalto al mismo. Odian la música
clásica, no la aguantan.
―No me sorprende…―murmuró Javi.
―Enseguida volvemos, Manolete―le dijo Dani.
El
grupo, formado por Javi, Dani, Lucas, Raúl y Pedro, se dirigió hacia el
conservatorio. Vacío. Llegaron a una pista de fútbol sala.
―Vaya, parece que hay pelea―observó Pedro. En el campo había un
grupo de unas veinte personas. Parecía que una docena tenía al resto a su
merced. La banda, indudablemente.
―Vamos a poner paz― Raúl se adelantó y los demás le
siguieron. Lucas gritó:
―¿Qué pasa aquí?
―Pues pasa que… ―empezó un chico, en tono amistoso,
pero lo cortó otro dándole un bofetón.
―¡Nuestra palabra es ley! ―gritó―.
He dicho que aquí no se juega, Y AQUÍ NO SE JUEGA!
―Con que tú eres el chulo de la banda,
¿eh? ―Pedro se le
encaró.
―Buscando líos tan temprano… Lo
nuestro es grave― dijo Javi.
―Deberíamos haber traído el botiquín―contestó Dani.
―Bien, amigo, explícanos lo que pasa―Lucas le preguntó al que había
recibido el bofetón.
―Quieren echarnos de aquí―le explicó.
A
Lucas se le encaró el mismo chulo de antes.
―¿Qué pasa, quieres que te dé una
leche?
―Sí, sí, con galletas, por favor―le contestó Lucas, sin hacerle casi
ni caso y en un tono más bien despreciable.
El
chuleta lanzó un puño, pero Lucas se apartó, cogió el puño y se lo retorció.
―Se nota que eres valiente, ¿eh? ― le dijo, retorciéndole aún más el
puño.
―Suéltalo― dijo otro de la banda, sacando una
pistola.
―No nos harás creer que ese cacharro
está cargado, ¿verdad? ―preguntó Javi,
riéndose.
―¿Que no? ¡Mira! ―gritó el otro, y disparó al aire.
Momento que Javi aprovechó para entrar con el pie por delante, derribarlo y
dispararle un dardo.
―Pues sí―dijo―. Estaba cargada…
―Ya hay dos fuera de combate. Sólo
quedan seis. Y no están de buen humor―
observó Jorge.
―Bueno, vale. Me tenéis hasta las
narices― declaró Pedro.
Y le soltó un puñetazo en la cara a uno. Inmediatamente se desató la pelea.
Discretamente, el CDM se fue retirando hasta que la banda del barrio fue
prácticamente deshecha por los chicos del campo de fútbol sala. Sentados en un
banco, los cinco miraban atentamente aquello.
―El dulce olor de la victoria. ―suspiró Jorge,
―¿Qué dices? ―le preguntó Dani―. Cada día estás peor, Gúrgumel.
―¡Te he dicho un millón de veces que
no me llames así! ―gritó Jorge, enfadado.
En ese momento un coche paró allí mismo y de su interior bajó un hombre joven,
no con pinta de ejecutivo ni de estudiante de universidad, precisamente, y vio
a la banda por el suelo.
―¿Quién ha hecho esto? ―preguntó, amenazante. Nadie contestó.
El CDM miraba aquello. ¿Quién diablos era aquel tipo? El hombre sacó una
pistola y formuló su pregunta de nuevo.
―He preguntado que quién ha hecho
esto.
―Nosotros―dijo Pedro Rubio.
―¿Vosotros? ―el hombre se dirigió hacia ellos,
pistola en mano―. Entonces tenéis
un gran problema. Os venís con nosotros.
Agarró
a Javi del cuello de la camiseta, pero con una rápida técnica éste se soltó.
―Yo no voy a ninguna parte―dijo Javi―. Y ellos, tampoco.
―Sois una nueva banda, ¿no?
Interesante―el hombre
continuó allí apuntándoles con la pistola, sin moverse del sitio―. ¡HE DICHO QUE OS VENÍS CONMIGO! ― volvió a agarrar a Javi, esta vez
más fuerte que la anterior y zarandeándole. Javi se volvió a soltar, le pegó un
rápido manotazo a la pistola, que salió volando, y de una patada en el pecho
que nadie vio venir le tiró al suelo. Entonces del coche se bajaron otros dos
tipos. Los chicos del campo de fútbol miraban aquello, aterrados.
―¡Ahora estáis muertos! ―gritó uno de ellos―. No debiste haber hecho eso.
―¡Ja! ―exclamó
Javi―. Sacad vuestras
armas.
Los
dos tipos del coche sacaron sendas ametralladoras y apuntaron a los del CDM.
―Pues ahora estamos listos…―murmuró Lucas.
El
grupo del CDM se encontró rodeado y los cinco fueron conducidos a un almacén.
Los encerraron allí.
―Pues qué bien―Javi se enfadó y dio una patada a la
puerta―. Ya estamos
metidos en otro lío. Malditas bandas de la porra―
dio otra patada a la puerta, pero lo único que logró fue hacerse daño en el
pie.
―Hay que salir de aquí, esto es una
angustia―decía Dani.
―No me digas…―Lucas intentaba alcanzar alguna
ventana, pero estaban demasiado altas. Pedro dio un empujón a la puerta.
―Parece que han puesto toneladas de
peso ahí detrás―dijo―. Es imposible salir de este agujero.
―¿Agujero? ¿Podemos hacer un agujero
en la pared? Es metal viejo y oxidado…―sugirió
Raúl.
―Oxidado tienes tú el cerebro― le espetó Javi―. ¿Cómo ibas a hacerlo? En fin― Raúl se sentó en el suelo―, creo que llamaré a…
―¿A Palacios? ¿A Prefasi? Están
encerrados, recuerda―dijo Pedro―. Y les han quitado los
comunicadores.
―Iba a llamar a mi amigo José Antonio.
Vendrá y nos sacará de aquí discretamente…
―Ah, muy bien―dijo Dani―. Y mientras llega me muero de hambre
y tengo ganas de ir al servicio.
―¿Militar? ―preguntó Jorge.
―Muy gracioso…
Javi
movió la cabeza y llamó a José Antonio Díaz, amigo y compañero de su clase de
karate, quien se puso enseguida en camino. Le había detallado exactamente la
ubicación del almacén, así que no tuvo problemas para encontrarlo. Cuando
llegó, no pudo evitar hacerse una pregunta. ¿Cómo entrar? Todos los accesos
estaban controlados.
6.
El
rescate y el tercer desafío.
Había
varios miembros de aquella banda de matones vigilando por delante y por detrás.
José Antonio iba bordeando la pared, pistola de dardos en mano, por si se daba
el caso en el que fuera necesario disparar. Avanzó unos metros hacia la
esquina. La puerta estaba a la vuelta. Se asomó cautelosamente. En la puerta
había dos tipos. José Antonio se apostó tras la esquina, y se puso a pensar.
¿Cómo pasar? Del suelo cogió una piedrecita pequeña y se la lanzó encima a uno
de los vigilantes. Éste notó el pequeño impacto y miró hacia el lado del que
había venido. Dejó la puerta y fue hacia la esquina donde estaba José Antonio.
Cuando el tipo dobló la esquina, vio una mole de dos metros que se lanzaba
sobre él y le dejaba inconsciente. El compañero oyó el escándalo y fue a ver lo
que pasaba, con idéntico resultado. José Antonio se ocupó de él de la misma
manera. Sin más peligro, José Antonio entró al almacén por la puerta ahora
desguarnecida. Empezó a buscar al grupo que estaba encerrado. No tardó
demasiado. Rápidamente descorrió los cerrojos de la puerta y les sacó de allí.
Todavía dentro del almacén, Jorge tropezó con algo. Una caja pequeña.
―¡Ay! ―se
quejó. Miró la caja―. Maldita cosa
asquerosa…― dijo, y le dio
una patada, volcando su contenido en el suelo.
―¿Qué es eso? ―preguntó Dani, mirando lo que había
caído. Bolsitas con polvo blanco.
―Si no me equivoco eso es droga. Esta
banda trafica con drogas. Eso es muy gordo…―observó
Lucas.
Pedro
cogió una de las bolsitas y José Antonio sacó fotos al arsenal de droga.
Salieron del almacén. Pero allí fuera estaba toda la banda esperándoles.
―Os habéis escapado―dijo el jefe.
―No me digas…―murmuró Lucas.
―No me gusta que mis prisioneros se
escapen―continuó el
jefe.
―A mí tampoco me gusta que se me
escape el autobús, y me jorobo―le
soltó Javi.
―No me gusta que se rían de mí de esa
forma―siguió el jefe.
―¿Qué te gusta entonces? ¿La comida
china? ―se burló Dani.
―¡Me gusta dar palizas! ¡Matadles! ―gritó el jefe. Javi le soltó a uno un
patadón en el esternón y un codazo en la cara. José Antonio le dio a otro tal
puñetazo que le sacó la nariz por el cogote. Dani y Raúl se liaron a dardazos.
Lucas se lanzó sobre otro, gritando como Tarzán y derribándolo. La banda acabó
en comisaría.
―Muy buenas, inspector―saludó Pedro―. Hemos cogido a unos chorizos que le
interesarán.
―Ya veo―dijo
el inspector―, pero es sólo
una banda que se dedica a hacr el gamberro y nosotros no podemos…
―Señor inspector―interrumpió Dani―, creo que hay algo más aparte de
hacer el gamberro.
―Mire esto―Pedro sacó la bolsita con droga. José
Antonio le mostró las fotos hechas con el móvil.
―Joder―murmuró
el inspector.
―Como puede ver, tienen un arsenal en
un almacén― explicó Pedro.
―Ya veo. Bien, creo que pasarán una
temporada a la sombra. Cada vez sois mejores…
―No se crea, en el colegio…―empezó Lucas, pero Javi le dio un
codazo. Le miró directamente a los ojos. Negó con la cabeza.
―¿En el colegio… qué? ―preguntó el inspector.
―Nada. Son cosas nuestras―dijo Lucas, que miró a Javi.
―Bueno, ya he terminado yo, ¿no? ―preguntó José Antonio.
―Sí―dijo
Javi―. Has terminado.
Ahora nos vamos, inspector. Tenemos que resolver un asunto.
Y
el grupo del CDM volvió al colegio, donde, en el salón de actos, la BCN esperaba. Dani habló a su
jefe.
―Los macarras están en la cárcel.
Puedes ir a comprobarlo cuando quieras. Aunque no te lo aconsejo, su
desodorante es insoportable, sencillamente.
―¿Y a mí qué me importa? ―inquirió el jefe de la BCN―. El caso es que vais bien. Demasiado
bien. Pero en el tercer desafío no participaréis vosotros.
―¿En qué va a consistir la tercera
chorrada? ―preguntó Jorge―. ¿En comprar un periódico?
―No exactamente―dijo el jefe de la BCN―. Alguno de vuestro club está en
peligro de ser encerrado en los lugares más lóbregos de la Catacumba Perdida.
Os acordáis de ella, ¿verdad? Si falla una sola de las veinte preguntas que le
voy a formular, será encerrado. Y entonces aparece el desafío que no está en la
lista: liberarlo si tenéis lo que hay que tener.
―Veinte preguntas―murmuró Juan Salas―. Interesante.
―El tercer desafío consiste en
responder las preguntas, entonces―dijo
Palacios―. Y si se falla
una pregunta, encerrón y el grupo de Javi le libera, ¿no?
―Así de simple―contestó el jefe―. ¿Quién es el voluntario para las
preguntas? Son fáciles… si habéis estudiado, claro…
―Seguro que son una chorrada―dijo Palacios, riéndose.
―Palacios… no estarás pensando en…―empezó Juan, pero Palacios le cortó.
―Sí, voy a contestar esas veinte
tonterías y una cosa menos.
―Si no sabes alguna te la soplamos…―murmuró Javi.
―Creo que no hará falta―Palacios miró al jefe de la BCN desafiante.
Todos
subieron a la clase y se sentaron en sus pupitres, mientras Palacios se ponía
en pie enfrente de la pizarra. Don Constancio y don Antonio miraban
expectantes. Y la ronda de preguntas empezó.
7.
No es un examen.
―Pregunta primera―dijo el jefe de la BCN, sacando un papel―. ¿Qué presidente de los Estados
Unidos de América lanzó la bomba atómica sobre Hiro…?
―Harry S. Truman― contestó Palacios, sin vacilar,
antes de que terminara de formular la pregunta.
―Veo que eres duro de pelar―comentó el jefe de la banda, poniendo
un palo en la pizarra como señal de respuesta válida―. Pero quedan diecinueve aún.
Un
murmurllo se podía escuchar en la clase. Voces de “lo conseguirá”, o “no lo
conseguirá”, o “qué peste” (lógicamente, Dani).
―Pregunta segunda―el jefe de a BCN leyó―. ¿Quién aplicó la política económica
llamada New Deal?
―¿Te digo el nombre completo, con
apellidos y todo, o…=
―¡Contesta, porras! ―bramó el jefe.
―Franklin Delano Roosevelt―dijo Palacios, como una flecha.
―Correcto―el jefe puso cara de vinagre―. Pero de aquí no pasas. Veamos. ¿Qué
bandera roja y naranja con una banda diagonal blanca tiene el dibujo de un
dragón en el centro?
―¿Puedo pedir ayuda? ―preguntó Palacios―. Es que no estoy seguro de la
respuesta.
―No puedes pedir ayuda, esto es muy
serio.
―Son sólo cinco segundos.
―Como tardes más de cinco segundos, te
mato.
―Vale. ¿Es de Buthán, Javi? ―Javi conocía a la perfección casi
todas las banderas del mundo, o al menos así era cuando tenía cuatro años. Javi
asintió.
―Buthán―contestó
Palacios.
El
jefe de la BCN se
tiraba de los pelos. Don Antonio y don Constancio se partían de la risa.
―Este Sonsi es la leche―decía don Antonio.
―Profesor…―exclamó Palacios, molesto. Lo de
Sonsi se lo había inventado don Antonio. Palacios era muy sonso, o lo que se
veía a simple vista, alguien en quien confiar y buena persona, pero, decía el profesor,
cuando menos se lo espera uno, te la juega.
―Pregunta cuarta―dijo lentamente, el jefe―. ¿Cuántos americanos murieron en la
guerra de Cuba de 1898?
―Uno―contestó
Palacios―, y porque le
dio un infarto. Al menos eso es lo que dice el hermano Carlos…
―¡Ya lo dijo en clase en su día,
cállate! ―bramó el jefe―. ¡Pregunta quinta! ¿Qué famoso
violinista griego murió después de cenar un gran plato de patatas y fumarse un
puro habano?
―Mira, tío― contestó Palacios―, en la Grecia clásica no había
violines, ni patatas, ni tabacos, ni porras, ese tipo no existió.
El
jefe de la banda pegó un grito de impotencia, cogió una silla y la tiró por la
ventana, rompiendo el cristal.
―Pregunta sexta. ¿Si eres abisinio, en
qué país has nacido?
―¿Te vale Etiopía? ―contestó Palacios, suspirando.
―Séptima, ¿cuál es el único ser vivo
que hay en el Mar Muerto?
―Una especie de hongo.
―Octava, ¿cómo se llamaban las
batallas navales que hacían los romanos como espectáculo?
―Namaquias.
Palacios
contestó correctamente a todas las preguntas, excepto dos, que se las sopló
Juan Salas.
―Vigésima―dijo el jefe de la banda, desesperado
y asqueado―. ¿Cómo se llamó
el ministro español que había durante el reinado de Carlos IV?
―Manuel Godoy―contestó Palacios―. Y son veinte correctas.
―¿Y cómo contestas a todo bien sin
fallar ni una sola? ―se enfureció el
jefe.
―Perdona―dijo
Palacios―, pero ésa es
otra pregunta, pedazo de sarasa.
―¡Vale, vale, ya está bien, habéis
pasado la tercera prueba! ―gritó
el jefe.
―Mira, Manolo, ríndete porque ese no
es el plan, ¿sabes? ―le dijo Juan
Salas.
―¡No me rindo! Ahora es cuando empieza
la diversión, Os vuelve a tocar a vosotros realizar los dos últimos desafíos― el jefe señaló a Javi, Dani, Jorge, Pedro,
Raúl y Lucas―. Y el cuarto va
a ser definitivo.
―No me lo digas, hay que llegar hasta
el pabellón deportivo sin caerse―
dijo Javi, sarcástico.
―Vosotros reíd, seguid así. Pero yo
mismo haré que no volváis a sonreír de esa estúpida forma y con esos dientes de
ballena.
―Las ballenas no tienen dientes―terció Palacios.
―¡Me importa un pito! ―gritó el jefe de la banda―. El cuarto desafío consistirá en
encontrar la Llave
de Plata.
―¿La Llave de Plata? ¿Y para qué quiero una llave de
plata? ―preguntó Pedro
Rubio―. Yo ya tengo
bastante con la de mi casa.
―Esa llave está escondida en algún
lugar de este colegio―dijo el jefe―. Y abre la puerta de la mazmorra en
la que voy a encerrar a todos vuestros compañeros.
―¿Vas a encerrarnos? ―preguntó Prefasi―. Odio estar encerrado.
―Cállate―le
dijo Palacios―, en cuanto
encuentren la llave nos sacarán de ahí.
―Encontrar la llave es el cuarto. Y en
el castillo empezamos, y en el castillo terminaremos. Nos vamos a Alicante―dijo el jefe de la banda conduciendo
a todo el grupo con ayuda de sus compañeros hasta un autobús―. Tened cuidado. Alguno de mi banda
puede daros un susto― y, subiendo al
autobús, dejaron solo al grupo que debía encontrar la llave.
―Vete a la mierda―murmuró Jorge―. Cuanto antes, mejor.
―Encontremos esa maldita llave― Raúl empezó a movilizar al grupo―. ¿Por dónde empezamos?
8.
La Llave de
Plata.
El
colegio era inmenso. Salieron de la clase y avanzaron hasta el principio del
pasillo. Allí tomaron otro pasillo a la derecha, que conducía a las clases de
bachillerato y que cruzaba por encima del patio de recreo como un puente. Al
terminar el pasillo torcieron a la izquierda y justo delante, a mano derecha
había unas escaleras que bajaban. Siete u ocho peldaños, un giro de 180 grados
y continuaban bajando. Tras bajar un poco más, se podía seguir bajando hasta el
piso de abajo o caminar hacia delante para llegar a la planta superior del
salón de actos. En las paredes colgaban orlas de antiguos alumnos, y algunas
puertas daban a despachos de profesores. Se dirigieron a la puerta del salón de
actos. Entraron y estaba dentro Felipe el Pelopunk, acompañado de
Sánchez, Alfonso y Balanza. Mientras tanto, el resto del CDM no estaba camino
de Alicante. El jefe de la BCN
les había encerrado dentro del pabellón deportivo.
―Esto es increíble―decía Prefasi―. Ya estoy hasta lar narices de este
asunto. Voy a salir de aquí.
―Recuerda que no eres superdotado ni
tienes poderes psíquicos mentales ―le
dijo su compañero Sergio Gómez de Salazar.
―¿Hace falta tener poderes para
derribar una puerta? Ese tío que nos ha encerrado se ha largado―dijo Prefasi―. Es una ocasión magnífica.
Y
entre discusiones, volvamos con los otros.
―Bien, parece que has decidido
fastidiarme el curso, para variar―decía
Javi, dirigiéndose al Pelopunk―.
¿Qué tal vuestro viaje de estudios a Barcelona, donde yo iré a finales de mayo?
―¿El viaje? ―el Pelopunk se acercó―. Un coche atropelló a Joaquín. Está
en el hospital.
―¿Quién, el coche? ―preguntó Dani.
―¡Joaquín, imbécil! ―gritó Felipe.
―Vale, vale, no hace falta ponerse
así… Qué basto.
―Y nosotros venimos a encontrar la Llave de Plata―dijo el Pelopunk―. Queremos que el CF se apunte un
nuevo éxito.
―¿Qué CF ni qué porras? Vosotros sois
historia―interrumpió
Raúl.
En
ese momento alguien entró por la puerta. Eran cuatro tipos e iban armados.
Todos corrieron dentro de la sala bajando las escaleras que separaban a
izquierda y derecha las localidades, y saltaron tras los asientos, usándolos de
parapeto. Abajo del todo, Raúl disparó dos dardos certeramente a uno de los que
había entrado, ayudado por sus compañeros.
―Buena puntería, Raulito―le dijo Sánchez.
―Vamos a encontrar esa llave antes que
vosotros―dijo Raúl,
amenazante.
―Os lo aviso. No va a pasar― contestó el Pelopunk. Se llevó la
mano al bolsillo y sacó algo de él―.
La llave la tengo yo.
―¡Tiene la llave! ―exclamó Jorge―. ¡Dame eso, asqueroso!
―Ven a por ella ―canturreó el Pelopunk, saliendo de la
habitación y echando a correr hacia la salida del colegio.
Mientras
tanto, Prefasi había intentado echar abajo la puerta del pabellón de deportes,
con éxito, y todo el club había salido de su escondite. Se habían cruzado con
un tipo de la BCN.
―¿Pero qué…? ―había intentado decir, pero Palacios
le interrumpió inmediatamente.
―¡¡CÁLLATE!! ―y le sacudió un puñetazo contra la
pared. Y justo entonces vieron a…
―¡El Pelopunk! ―gritó Palacios, señalando a lo lejos.
Un tipo corría, riéndose, arrojando al aire un objeto, seguido de tres o cuatro
personas más, y después seguido por Javi, Raúl y Lucas y, más atrás, Dani y
Jorge. El Pelopunk se dirigía hacia ellos. No se había percatado de la
presencia del numeroso grupo. Cuando tuvo enfrente a Palacios y a Prefasi, dio
media vuelta y cuando fue a pasar entre
Javi y Pedro, éstos, cada uno con una pierna, le dieron una patada
circular parando su carrera. La llave salió volando. Balanza intentó hacerse
con ella. Saltó, pero se vio interceptado por Lucas, que le dio un señor
empujón y lo tiró al suelo. Balanza, enfurecido, se encaró con Lucas. Éste, al
ver la poca cosa que era, se rió. Entonces llegó Juan Salas, que dio un buen
golpe a Balanza, sentándolo en el suelo. En aquel momento llegó don Enrique, el
profesor de Historia de 4º C y de bachillerato, y viendo todo aquello echó al
Pelopunk y a la compañía una bronca tremenda por entrar al colegio y armar
aquel escándalo. También llegó la policía, que se llevó al grupo del Pelopunk y
al tipo de la BCN
que estaba inconsciente por el efecto del golpe de Palacios.
―Se meten ustedes en unos berenjenales
tremendos, ¿eh? ―dijo don Enrique―. Ya me estoy cansando de todos estos
líos.
―Pero profesor, eso es algo que se nos
ha presentado―empezó Lucas―, y ya sabe usted, ahora queda
encontrar al resto de la banda.
―Sí, esos que han entrado al colegio y
vienen todos por ahí―don Enrique
señaló hacia atrás―. Es una forma
tremenda de hacer el gamberro.
―A mí por eso me echaba de clase ates―murmuró Lucas.
Toda
la banda llegó, furiosa por haber perdido a un miembro, y el jefe vociferó:
―¡Vosotros! ¡Desgraciados! ¡Os vams
a…!
―Vale, vale, vale, tranquilidad―interrumpió Pedro―. Nos queda una prueba. La pasamos,
os largáis y nos dejáis en paz, ¿vale?
―No habéis encontrado la llave―dijo otro miembro de la banda.
―¿Y tú qué eres? ¿Detective privado,
guardián de un tesoro, o un comedor de pizzas con experiencia? ―preguntó Lucas.
―Vale. Esto se está pasando de la
raya, señor Durán―dijo don
Enrique, mirando directamente al jefe―.
¿Qué porras está pasando aquí?
―Si le contara yo a usted…―dijo Lucas.
―¡Si se calla usted, mejor, señor
Lucas! ―exclamó don
Enrique―. Me lo van a
contar estos jóvenes que han entrado así en el colegio, con buenos propósitos,
espero.
―¡Buenos propósitos! ―exclamó Prefasi―. ¡Esa es buenísima!
―Bueno, don Enrique―empezó el jefe―, estos metieron las narices en
nuestros asuntos y…
―Vale, bonita historia―dijo don Enrique―. Aparte de que su voz es fea, señor
Durán, habla usted fatal. Recuerdo que tenían ustedes examen con don Francisco,
¿cierto? ―don Enrique miró
a los alumnos.
―¡Aquí nadie va a ningún sitio! ―exclamó uno, sacando una pistola.
―Pero guarda eso, que le vas a dar a
alguien con ese chisme y la vamos a liar―se
alarmó don Enrique.
―Lo único que vamos a hacer es que
estos metomentodo realicen el último desafío y así les dejaremos en paz― dijo el jefe―. Un trato es un trato.
―A mí no me importa si no se hace la
pruebecilla esa, sabéis, ¿no?, porque me dan mucho asco esas pruebas…―empezó Lucas.
―Pero a mí sí me importa―dijo el jefe―. Haced vuestro asqueroso examen y os
esperamos fuera.
―Antes de la prueba quisiera ir a
prisión un momento a ver si ese angelito que hemos cazado sigue durmiendo―se mofó Javi.
Subieron
todos a la clase e hicieron el examen de Ética con don Francisco. Como de
costumbre, los que normalmente sacaban del 9 en adelante en estas asignaturas
de empolle, como se las llama (Javi, Dani, y sobre todo Palacios, además
de algunos otros), comenzaron sin vacilar su examen. El último en acabar, como
de costumbre, fue Palacios, que había soltado un rollo impresionante con su
diminuta letra. Dani se había quedado dubitativo en una pregunta y Lucas se
rompía la cabeza para recordar la tercera cuestión. Cuando el examen finalizó,
bajaron todos al patio de recreo. El jefe de la banda habló:
―Bien, señores, creo que esto ya se ve
venir. El quinto y definitivo desafío. Todo o nada Y dudo mucho que…
―Bueno, ¿nos lo dices o puedo ir
andando a ver la final de la Copa
de Europa a Escocia, mientras tanto? ―preguntó
Lucas, cansado de tanto rollo.
―Mira, cállate si sabes qué es lo que
te conviene.
―¿Y qué es lo que me conviene?
―Cállate―dijo
Prefasi―, que este te
pega un tiro.
―Bien―habló
el jefe de la banda―, decía que dudo
mucho que consigáis superarla. Ahora mismo, vosotros sois veintinueve en la clase.
Nosotros os doblamos en número. Vamos a encerrar a veinticuatro de vosotros en
una habitación en el castillo en el que nos descubristeis. Esa habitación
solamente se abre con la Llave
de Plata, esa que habéis encontrado. Mientras buscáis la habitación, todos los
miembros de la BCN
estaremos merodeando por el pasillo para intentar encerraros a vosotros
también. El grupo elegido para la gloria estará formado por Javier, Raúl,
Lucas, Pedro, Salas y Palacios.
―A mí no me encierra nadie―bramó Prefasi.
―¡Tú te callas! ―exclamó uno de la BCN.
―Vale. Déjalo. Uno más no hará daño.
Son siete contra cuarenta, no tienen posibilidades de ganarnos― dijo el jefe―. ¿Y bien? ¿Vamos allá?
―Sea, pues―dijo Javi, desafiante―. Vais a lamentar haber nacido.
9.
El quinto desafío.
Una
vez en el castillo, el grupo del CDM fue encerrado en una mazmorra, con toda la
clase de 4º D. Ninguno de los que había quedado fuera para intentar liberarlos
sabía, lógicamente, dónde estaban sus compañeros. Javi, Raúl, Lucas, Pedro,
Juan, Palacios y Prefasi quedaban libres para buscarlos por donde pudieran ir.
―Es un suicidio. No lo conseguiremos―decía Prefasi.
―Tú dando buenas vibraciones. Como
siempre― contestó Juan,
irónico.
Estaban
en una explanada exterior del castillo, esperando la señal del jefe de la BCN. Al minuto, salió a la
azotea y agitó un pañuelo.
―Vamos―
dijo Lucas, haciendo ademán de entrar al castillo.
―¡ESPERA! ―bramó Javi, agarrándole del hombro―. ¿Qué pasa si hay una trampa tras la
puerta? Ábrela con algo duro. Un tronco de árbol o algo así.
―Mira. Si hacemos un agujero en la
puerta, lo que haya encima, si es que hay algo, no nos caerá encima, porque la
puerta no se mueve― se lanzó
Prefasi.
―Conmovedor―dijo Lucas―. Tu idea nooo meeee – iiinteresa ―canturreó―. Hay que tirar la puerta. TIRARLA.
―Yo hago el agujero y entro. Y tú la
tiras y entras tú. ¿Vale? –dijo Prefasi.
―¿Queréis dejar de hacer el anormal? ―Javi se enfadaba.
―Haz el agujero y cállate―le dijo Palacios a Prefasi, cabreado.
―Pero si hacemos un agujero en la
puerta ya podemos pasar por ahí, ¿para qué la vamos a tirar? ―intervino Juan.
―¡Efectivamente! ―habló Javi, irritado―. Juan ha hablado como un libro
abierto― añadió,
sarcásticamente.
―Claro que sí. Lo que yo diga― dijo Juan―. ¿A que sí, Fran?
―Por supuesto… siempre que no sea
peligroso. Prefasi, coge ese pedrusco y rompe la puerta con él―ordenó Javi.
―Pero…―intentó
decir Lucas.
―¡No hay pero! No quiero que me caiga
encima una armadura oxidada, o algo peor―dijo
Juan―. Hay trampas,
seguro.
―Vale, está bien―Lucas cogió un pedrusco enorme y lo
lanzó contra la puerta con todas sus fuerzas, haciendo un boquete. Nada más
hacer el agujero, la puerta se vino abajo, cayendo hacia abajo, y veinte
cuchillos afiladísimos cayeron del techo clavándose en la puerta.
―Lucas, un poco más tonto y naces
perro. ¿Qué te hacía pensar que tras la puerta no iba a haber una trampa de las
gordas? ―preguntó Pedro
Rubio.
―Voy dentro―Prefasi entró al castillo. Le
siguieron. Nada más entrar, un grupo de diez tipos de la BCN les estaba esperando cinco
metros más allá del umbral.
―Se supone―dijo uno de ellos― que ni deberíais haber entrado aquí.
Pero no me queda más opción. Tendréis que deshaceros de nosotros a puñetazos.
Os aviso de que somos los mejores luchadores de la banda y nadie sobrevive a
nosotros…
―¡Que te calles! ―Javi sacó su pistola de dardos y
disparó. Raúl le imitó. Dispararon contra todos, dejándolos inconscientes.
―Pues sí. Sólo faltaba tener que
aguantar pelmazos―dijo Javi,
guardando la pistola. Continuaron avanzando por el pasillo. Javi sacó un plano
del castillo.
―Esto―dijo
―lo conseguí en
la biblioteca. Muestra todos los pasadizos secretos que hay aquí. En mi
opinión, sería mejor ir por ellos hasta donde estén todos los demás.
―Bravo. Eres mi ídolo―dijo Prefasi.
―¿No sabes decir otra cosa, Prefa? ―dijo Lucas, hablando atropelladamente―. Siempre lo mismo, a todo el mundo
le dices siempre “eres mi ídolo”, y cuando no, dices “soy mi ídolo”, no paras
de hablar, tío, deberías ser callado, como lo soy yo y…
―¿QUIERES CALLARTE DE UNA VEZ, JODER? ―gritó Prefasi. Un ruido comenzó a
retumbar a lo lejos. La habitación temblaba.
―Genial. Nos han oído gracias a
vosotros―dijo Javi―. Hay que llegar a este pasadizo―señaló en el mapa― antes de que nos pillen aquí o
derrumben esta habitación.
Javi
corrió hacia una puerta y la abrió. Al otro lado había cinco perros gigantescos
echando espuma por la boca. Javi cerró la puerta mientras el cuarto seguía
temblando. Al lado opuesto había una escalera. Juan fue a subir por ella pero
volvió a bajar, corriendo. Salió de las escaleras perseguido por un enorme
pedrusco redondo. Se apartó rápidamente y el pedrusco se estrelló contra la
puerta de los perros, tirándola abajo y haciendo un boquete circular enorme.
―De buena me he librado―dijo Juan―. Ahora los perros estarán planchados
por la piedra. Comamos “perro a la plancha”…
―Yo no lo diría tan alto―dijo Pedro, señalando a los cinco
perros, que salían de la habitación.
―Hay que llegar al pasadizo antes de
que nos coman― exclamó Javi,
corriendo. Subió las escaleras, seguido de todos, corriendo como nunca antes
habían corrido, perseguidos por los enormes perros. Javi fue a la pared y miró
el plano. Abrió un hueco en la pared y tiró de una pequeña palanca.
―¡Vamos, Fran, que vienen las
bestias del bosque! ―le apremió Juan.
―¡Voy, voy! Ajá… ¡ya está! ―un hueco se abrió en el suelo, en la
esquina de la habitación. Bajaron por una escalera de piedra que había en el
hueco, tallada en la pared. Javi bajó el último. Cuando fue a cerrar el hueco,
oyó unos gritos.
―¡Se han ido por un pasadizo!
―¡Ese hueco no lo conozco!
―¡Cogedles!
Javi
cerró el pasadizo justo cuando los perros llegaron y cuando asomaron quince
cabezas de miembros de la BCN
gritando. Javi disparó un dardo antes de cerrar y acertó dándole a uno de los
perros, que cayó al suelo. Siguió a sus compañeros, que ya estaban abajo.
―¡Listo! Ya está todo. Podemos seguir.
―Yo creo que no―dijo Pedro, señalando delante de
ellos.
―¿Qué es esto? ―preguntó Javi.
Un
laberinto vegetal gigantesco. Muros de diez metros de altura. Por detrás venían
cuatro perros enormes y quince tipos de la BCN. Por delante, tenían un laberinto enorme en
cuyo interior no sabían lo que podría haber.
―Perico, mi plano viene al completo―intentó calmarle Javi―. De hecho, el pasadizo por el que
hemos bajado más allá del subsuelo del castillo está aquí, y evidentemente el
laberinto está… hum… el laberinto no figura en esta mierda de papel. ¡Qué asco!
¡El tío de la biblioteca me ha timado! Todos los pasadizos y sus salidas,
decía. ¡Anda ya! Aquí sólo hay una habitación muy grande…
―Yo creo que lo ha levantado el jefe
de la banda por si descubríamos el pasadizo―sugirió
Palacios.
―Oh. Sí. ¡Claro! Es comprensible. Un
fallo tonto… vamos dentro.
―¿Pero vamos a entrar ahí? ―preguntó Juan.
―¿Quieres liberar a la gente o
dejarlos que se pudran en la mazmorra lóbrega y oscura donde hay ratas que se
les coman los calcetines? ―le
preguntó Javi.
―Creo que no hay más remedio que
entrar―dijo Prefasi―. Joaquín estará muerto de miedo.
―Deja en paz a tu colega Taverner, que
hay cosas más importantes―dijo Palacios―. Entremos.
―¿No habéis traído un cortacésped? ―preguntó Lucas.
Entraron
en la habitación y comenzaron a caminar. Y al doblar la primera esquina,
apareció un grupo de cinco tipos de la banda.
―Son una plaga―exclamó Pedro―, están por todas partes.
―Y vosotros acabáis de firmar vuestra
sentencia de muerte―dijo uno de los
tipos, amenazante.
―¿He firmado algo? ―preguntó Lucas, mirando a su
alrededor―. Es que no
llevo bolígrafo, ¿sabes?, y creo que…
―¡Cállate, imbécil! ―gritó el líder de aquel grupo―. Ahora, acabad, con ellos.
Los
cinco se dirigieron amenazantes al grupo del CDM, pistola en mano. Los chicos
fueron arrinconados contra la pared. Javi parecía pensar una solución, pero fue
Lucas el que gritó.
―¡Eh! ¡Un momento! ¿Qué hemos firmado?
¡Ya estoy harto de tantas tonterías! ¿Me oís? ¡Me tenéis hasta las narices!
―¡Cállate! ―gritó uno de los otros.
―¿Pero no podemos negociar? Es que
tengo que ir a mi casa un momento, ¿me explico? Tengo cosas más importantes que
hacer, ya sabes, ver la Final
de la Copa,
lavarme los dientes, cortarme las uñas de los pies, ir a comprar la revista de
cotilleos del mes…
―¡¡QUE TE CALLES!! ―vociferó el mismo tipo, disparando a
Lucas en el pecho. Lucas se quedó inmóvil, estático. Se miró. Se tocó el
disparo. Se metió la mano en su camisa y sacó su cartera, agujereada por la
bala, y la bala incrustada dentro de la misma, detenida por una piedra
circular.
―¡¡ME HAS HECHO UN AGUJERO EN MIS
CARNETS Y EN MI DNI!! ―bramó Lucas,
cabreadísimo―. ¡Me tenéis
hasta los mismísimos! ¡Id a la mierda, todos! ¡CÁLLENSE LA BOCA! ¡PETARDOS, MERLUZOS,
AUTÉNTICOS CERDOS A LA BRASA!
El
líder del grupo de cinco hacía ademán de volver a disparar, pero Lucas le
cortó, dando a las manos que sostenían las pistolas una espectacular patada
circular y lanzándolas por el aire. Javi se lanzó entonces contra el jefe,
derribándolo de un codazo frontal en el esternón.
―¡Arrodillaos y pedid clemencia! ―gritó Lucas. Javi inmovilizaba en el
suelo al otro, y mientras lo hacía, le decía a Lucas:
―Llevas la pistolita en la mano una
hora y cuarto. ¿Por qué no les disparas y los atas a un bellotero?
―Sipuuuu―dijo
Lucas, disparándoles.
Prefasi
se llevaba las manos a la cabeza. Y también Palacios y Juan.
Una
vez que los cinco tipos estaban inmovilizados, Lucas meneó la cabeza.
―Esta banda tiene menos futuro que mil
euros en la mano de Prefasi…
―¿Qué pasa conmigo? ¿Eh? ―bramó Prefasi.
―Sigamos adelante ―Raúl estaba perdiendo la paciencia―. Quiero salir de aquí, y contigo no
pasa nada, cállate la boca.
El
grupo continuó a lo largo y ancho del laberinto. En uno de los muchos pasillos
encontraron una puerta cerrada a cal y canto con una cerradura.
―¿Y ahora qué? ―Juan miró la puerta y le dio una patada.
La puerta no se movió, pero de la nada cayó una colmena de abejas.
―Ay, mi madre, eso estaba encima del
muro y al darle la patada a la puerta se ha caído…―dijo Prefasi, aterrado―. Nos van a comer vivos.
―Abre la puerta con la llave de plata―sugirió Javi.
Lucas
sacó la llave y rápidamente entraron, dejando atrás a las abejas. El laberinto
continuaba. Y ellos siguieron caminando, sin un rumbo fijo. Llegaron a una
bifurcación, en la cual decidieron seguir por el camino de la izquierda. Y la
marcha continuó.
10. La bestia del laberinto.
Siguieron
avanzando, prácticamente sin rumbo fijo. Al doblar a la derecha en una
bifurcación de las tantas que habías, vieron un papel escrito a mano.
―¿Qué es esto? ―Juan lo cogió y leyó.
―Vais por buen camino para llegar al
centro. Una vez allí no vais a tener más remedio que volver atrás corriendo,
porque hay un monstruo gigantesco esperándoos. Firmado, M. Durán, jefe de la BCN. Posdata: el monstruo
siempre tiene hambre y come todo lo que pilla.
―Me pregunto si también comerá óxido
de plutonio―murmuró Lucas.
―Eres anormal. ANORMAL ―se enfadó Javi.
―Creo que deberíamos volver a la
entrada y largarnos de aquí y llamar a la policía―sugirió
Prefasi.
―No sabemos el camino de vuelta,
estamos perdidos―contestó Pedro.
―¿Vamos a seguir o no? ―preguntó Javi.
―Hombreeeee, visto lo visto…― Juan agitó el papel en el aire-
―Si el bicho siempre tiene hambre y
come todo lo que pilla, no tiene por qué comernos a nosotros―dijo Pedro―. Basta con dispararle unos cuantos
dardos y que se los coma.
―Pero si come cualquier cosa, ¿no es
posible que se coma la hierba de los muros? ―inquirió
Lucas.
Un
rugido se oyó a lo lejos. Tenue y sordo. Pero lo justo para que los chicos lo
oyeran. Empezaron a oírse también zancadas de pasos que avanzaban por un
pasillo del laberinto. Javi apoyó la oreja en un muro y oyó algo justo al otro
lado.
―Está en el pasillo paralelo. Eso
quiere decir que viene aquí.
―Bien. Ya que viene, debemos actuar
con sensatez―dijo Prefasi. Y
un gigantesco gorila dobló la esquina y enfiló el pasillo donde estaban ellos.
―¡Ay, madre! ¡Es la personificación de
las bestias salvajes! ―gritó Lucas,
echando a correr.
―¡A la mierda tu sensatez, yo me largo
de aquí antes de que ese nos coma! ―gritó
Javi, siguiendo a Lucas. Todos corrieron. El gorila les persiguió, bramando y
rugiendo con cara de malas pulgas. Después de una carrera espectacular sin
rumbo, llegaron a un cartel que decía: “Salida a 200 metros”.
―¡Vamos, que viene la cosa! ―exclamó Pedro. Todos salieron pitando
otra vez. El gorila pasó por el cartel y se lo llevó por delante de un
manotazo. A los cien metros llegaron a una bifurcación.
―¡Hay que joderse! ―bufó Javi.
―Vaya faena. ¿Por dónde? ―preguntó Pedro.
―Si el camino no tiene salida vamos
listos. El gorila nos comerá lentamente uno a uno, crudos y sin sal…―dijo Juan.
―Gracias por decirlo, Juan. Qué asco―contestó Lucas. Desenfundó la pistola
de dardos y disparó contra el gorila. Agotó el cargamento entero acertándole
doce veces. Los demás le imitaron, excepto Pedro y Javi, que miraban aquello de
forma rara. El gorila había recibido ya más de cincuenta dardazos
tranquilizantes pero se mantenía en pie. Javi sacó un cartucho de dardos de su
bolsillo y se los dio a Lucas.
―Toma. Para dormir al objetivo 48
horas―dijo Javi―. Para ocasiones especiales. Dale
fuerte que viene.
Lucas
cargó y disparó. El gorila dio un rugido ensordecedor y alzó el puño. Juan ya
estaba sin dardos y no se le ocurrió otra cosa que tirarle al gorila la pistola
a la cabeza.
―¡Toma esa, desgracia con patas! ―gritó.
Pero
no fue suficiente todo aquello, así que todos de nuevo echaron a correr y
despistaron al animal, que ya no les seguía. Otro cartel. Salida a cincuenta
metros. No lo parecía, ya que había muchas curvas para salir. No acabaron ahí
los problemas, porque al doblar la última esquina…
―¡Pelopunk! ―gritó Javi―. ¿Qué porras estás haciendo aquí?
―Hacerte la vida imposible―contestó el Pelopunk.
―¡Yo quiero largarme!—gritó un chico
que iba con el Pelopunk.
―¿Joaquín? ―preguntó Javi, extrañado.
―¡Sí, claro!, ¿quién quieres que sea?
¿La bella durmiente?
―¿Qué haces aquí? ¿Estás de su lado?
Qué traidor…
―¡Me ha traído por la fuerza!
De
pronto apareció el gorila detrás de Felipe, que no se había dado cuenta. Siguió
hablando, como si nada.
―Bueno, pues he venido a haceros la
vida imposible, sí. ¿Qué pasa? ¿Por qué tembláis? Me señaláis muertos de miedo,
¿eh? Míralos… animalitos… ―Felipe
dio un codazo a Sánchez, que le acompañaba―.
Echan a correr muertos de miedo.
―¡Animalito el que tienes detrás,
GILIPUERTAS! ―bramó Javi,
corriendo como el rayo. El gorila puso una mano en el hombro del Pelopunk. Éste
la notó y la palpó. Lentamente, volvió la cabeza y dio un alarido.
―¡¡¡AAAAAAAAAAAAHHH!!! ―y acto seguido salió corriendo hasta
adelantarles a todos, llegando hasta una puerta.
―¡Esta cerrada! ¡Nos va a guardar para
el desayuno! ¡¡VAMOS A MORIR!! ―gemía
el Pelopunk, agachado en el suelo.
El
grupo del CDM llegó por detrás. Pedro dio una patada al Pelopunk, apartándole,
y sacó la llave de plata.
11. El precipicio.
La
llave abrió la puerta y todos pasaron a través de ella, cerrándola justo a
tiempo para que la bestia del laberinto quedara al otro lado. Era una puerta
blindada, pero el gorila la aporreaba sin cesar. Lo habían logrado, estaban
fuera del laberinto. Y ahora encontraban justo delante un cartel escrito por el
jefe de la banda.
―Leamos esto―dijo Raúl, cogiéndolo―. Si habéis conseguido salir del
laberinto, os digo que este es el camino correcto para llegar hasta donde
queréis llegar. Debéis superar otra prueba antes de llegar a vuestro destino.
Cuando consigáis superarla (si es que lo conseguís) veréis unos peldaños
excavados en la pared que os permitirán salir del túnel y llegaréis a un
pasillo al final del cual están encerrados vuestros compañeros. Os desea mala
suerte, M. Durán.
―¿A qué se refiere exactamente? ―preguntó Palacios.
Javi
miraba al frente y señalaba con el dedo índice.
―A eso.
Había
un gigantesco abismo excavado en el túnel, cincuenta metros por delante de
donde se encontraban ellos.
―¿Cómo quiere que pasemos? ¿Volando? ―se enfadó Juan―. Esto tiene que ser una broma.
―Pero no lo es― Javi avanzó hasta el borde, miró
abajo y retrocedió unos pasos―.
Ay, madre. No se ve el fondo. Debe de tener más de un kilómetro de caída.
Lucas
se acercó.
―Aquí hay un tobogán que baja― anunció, una vez examinado el borde
del precipicio―. Y una flecha
que indica hacia abajo.
―Entonces, ¿quieres decir que hay que
bajar por ahí? ―Prefasi se
acercó. Los demás le siguieron. Estaban mirando el tobogán, que descendía hacia
las profundidades del abismo.
―¿Y qué pasa si acaba en un colchón de
clavos, en una piscina de ácido o en cualquier cosa igualmente asquerosa? ―preguntó Raúl.
―Eres el tío más desagradable que he
conocido en mi vida―le dijo Pedro―. Baja por ahí.
De
pronto se oyó un ruido detrás. El gorila volvía a aporrear con fuerza la puerta
del laberinto, que empezaba a ceder.
―¡La bestia sarnosa! ―exclamó Felipe, muerto de miedo.
―¿Y si le tiramos a él? ―Pedro señaló a Felipe.
―Eso es. Después le seguimos. Si hay
algo malo abajo, creo que caeremos encima de Felipe, a no ser que sea un
caldero de sopa hirviendo o algo igualmente asqueroso―comentó Raúl.
―¡Cállate ya! ―gritó Pedro. La puerta de salida del
laberinto se vino abajo y el gorila la atravesó. Todos cogieron al Pelopunk y lo
lanzaron por el tobogán, y luego lo siguieron los demás.
―¿Cuándo se acaba estoooooooo? ―gritó el Pelopunk.
―¡Cállate! ―le gritaron los demás, bajando
vertigiosamente.
La
bajada continuaba, cada vez más deprisa. Parecía que llevaban horas bajando
cuando de pronto el Pelopunk chocó contra el duro suelo, seguido de Lucas, por
detrás Prefasi, luego Sánchez, Joaquín, Juan Salas, Raúl, Pedro, Javi y por
último encima de todos y para rematar la faena, cayó Palacios, como una losa,
armando un bollo impresionante.
―Esto… perdonad… ―dijo Lucas.
―¿Sí, Lucas? ―preguntó Palacios.
―¡¡¿PODÉIS QUITAROS DE ENCIMA?!! ―vociferó Lucas.
En
marcha de nuevo, anduvieron un poco por allí hasta llegar a un pasillo. La
estancia quedaba lúgubremente iluminada tan sólo por unas antorchas que
colgaban de las paredes. Debían de estar en un sótano muy profundo.
Tras
cruzar aquel pasillo, llegaron a una habitación redonda. Había cinco puertas
diferentes, con variadas formas, tamaños y colores, y un cartel.
Si la salida queréis
encontrar
Por una de estas puertas
habréis de salir
Para a todo esto sobrevivir
Y a vuestros compañeros
poder liberar.
Parece fácil, pero no lo es:
Si vais por dos de ellas,
seguro no vais a volver.
Prestad atención, pues,
A los consejos que os voy a
dar.
Una de las puertas verdes
mala es
Y para decirlo tengo una
razón:
Hay trampas insalvables
Hay monstruos abominables
Y aunque con ellos seáis
amables
Os aseguro que no hay
salvación.
Junto a la puerta de la muerte
Podéis hallar la salida
No tentéis mucho a la suerte
Si no queréis perder la
vida.
Todas tenemos distintos
tamaños
Atended, pues, no seáis
tacaños:
Por la más grande y la más
pequeña
Podéis pasar sin peligro.
Tenemos distintos colores,
Mas si quieres avanzar,
El rojo no es tu amigo.
La puerta amarilla es una
opción
Para seguir seguro adelante
y enfrentarse a otra prueba
espeluznante.
Vosotros tenéis la elección.
Firmado, el jefe de la BCN,
¡ése soy yo!
Silencio.
Todos se miraron. Javi miró las puertas de izquierda a derecha.
La
primera, una puerta pequeña cuadrada roja. La segunda, una puerta circular
verde. La de en medio, una rectangular amarilla. A continuación, una redonda
azul. Y la quinta y última, una rectangular verde.
―¿Y si cogemos la amarilla y nos
dejamos de estupideces? ―preguntó Lucas―. Una de las verdes es mala y por
cualquiera de las otras, a saber…
―Es un simple acertijo―dijo Javi.
―Prefiero la amarilla. Es una opción,
dice, y no hay que romperse el tarro con tonterías―contestó Prefasi.
¿Qué
hacer?
12. El momento crítico.
―Esto se está empezandoa poner interesante― dijo Juan―. Bandas principiantes y todo lo que
se puede pedir en un día de sol como hoy.
―¿Sol? ¿Quién dijo sol? ―preguntó Raúl―. Ya me gustaría a mí estar en la
playa.
―Sí, enseñando los michelines y esos
abdominales de tiranosaurio―dijo
Lucas.
―Bueno, estamos esperando una
votación. ¿Seguimos por la amarilla o no? ―preguntó
Prefasi.
―Es la azul― dijo Javi.
―La amarilla―dijo Lucas, aburrido.
―Estoy con Javi― intervino Palacios, que miraba ora
el cartel, ora las puertas―.
Es la puerta azul.
―Yo me quedo la amarilla, por
cualquiera de las otras seguro que hay más bichos―dijo
Prefasi.
―Es evidente que es la azul. Está al
lado de la verde, puerta de la muerte―
señaló Javi―. Por la más
grande y la más pequeña se puede pasar sin peligro. La más grande es la
amarilla. La más pequeña es la azul. La roja es de igual tamaño que la azul,
pero no lleva hacia delante. Ergo, señores, nuestra puerta es la azul.
―Que no. Que os equivocáis todos. No
vayáis por la azul―dijo Prefasi.
―La azul parece buena, es cierto―le apoyó Juan.
―Yo voy por la azul. ¿Quién se viene? ―preguntó Palacios. Javi y Juan se
posicionaron a su lado.
―¡Venga! ―exclamó Javi.
―Vale, vale. Está bien― dijo Prefasi―. Iremos. Pero como nos encontremos
problemas, te doy una paliza, Javi.
―Me gustaría que lo intentaras― contestó Javi, con sarcasmo.
Y
cruzaron la puerta azul. Estaba muy oscuro. Pedro sacó una linterna y alumbró
el camino.
―Esto es tétrico y horripilante―dijo.
―Vamos por el buen camino―terció Palacios.
―¿Cómo puedes saberlo? ―preguntó Lucas.
―Cuanto más tétrico sea y más peligro
parezca que haya, más seguro estoy de que es por aquí. Aquí no hay nada.
―Sí―intervino
Javi―. Cuanto más
miedo da, menos trampas hay.
―Me gusta ese razonamiento―dijo Lucas―. Mirad, hay huesos de ciruela en el
suelo.
Pedro
los alumbró. Y se dieron cuenta de que no eran huesos de ciruela, sino…
―¿Calaveras? ―exclamó―.
¿Seguro que es el camino correcto?
Al
frente se oyó un rugido. Todos miraron. Un par de ojos surgieron en la
oscuridad.
―Mirad eso―señaló Pedro.
―No nos hemos equivocado de puerta…― dijo Javi―. ¿Qué es eso?
Una
sombra enorme apareció delante de ellos.
―¡Mirad! ―exclamó Javi―. La bestia abominable…
En
cierto lugar del castillo, la banda vigilaba a los prisioneros.
―Ya me estoy cansando de esto―decía Jorge―. ¿No podemos salir a tomar el aire?
―No―contestó
el jefe, de mal humor.
Dani
se daba una vuelta por la habitación mirando los retratos que colgaban de las
paredes. Se paró delante de uno y vio que estaba torcido. Fue a ponerlo
derecho, pero en cuanto lo tocó, se le cayó al suelo. Y vio un botón dentro de
una pequeña abertura que había tras el cuadro. Aprovechando que los de la banda
estaban entretenidos vigilando al resto de la clase, pulsó el botón y se abrió
una cavidad en la pared. Dentro había joyas, relojes, collares, anillos y toda
clase de objetos.
―¡Así que aquí escondisteis todo lo
robado! ―exclamó.
―Eres hombre muerto―uno de la banda le apuntó con un bate
de béisbol. Se tiró a por Dani, pero éste se apartó, el de la banda pasó de
largo y se dio de narices contra la pared.
―¡Ahora! ―gritó Dani. Todos sacaron sus armas y
dispararon a los miembros de la banda al mismo momento. Algunos cayeron al
suelo. Otro intentó disparar su arma, pero Jorge le vio a tiempo y le tumbó en
el suelo. Los que habían huido a través del pasillo vieron cortada su retirada
cuando una trampilla se abrió en el suelo y salió Javi, seguido por Lucas,
Palacios, Raúl, Pedro, Prefasi y Juan.
―¿Os divertís poniendo monstruitos mecánicos
al final del camino? ¡Te voy yo a dar monstruo – robot! ―bramó Javi, encarándose con el jefe. Los
demás se lanzaron a por los miembros restantes de la banda. El jefe logró
zafarse y huir, los demás no tuvieron tanta suerte.
―¡Habéis escapado! ―exclamó Jorge.
―Qué peste…―decía Dani.
―Llamad al inspector McHanon. Se va a
alegrar de que por fin alguien haya pillado a todos estos―dijo Lucas―. Les encerraremos en una celda sin
ventanas llena de ratas que se les coman los calcetines.
―¿Y qué pasa con nosotros? ―preguntó el Pelopunk.
―Te lo voy a decir―Javi se acercó y le dijo en voz baja―. No se lo digas a nadie, es un
secreto― se acercó a él
más, y entonces pegó un grito―.
¡¡VETE A TOMAR POR SACO DE ESTE CASTILLO!!
El
Pelopunk pegó un salto.
―¡Desgraciado…! ―el Pelopunk y Sánchez se largaron.
―¿Y yo qué? ―preguntó Joaquín.
―¿Tú? Te vamos a…―empezó Jorge, pero Javi le paró.
―Tranquilo, está de nuestro lado. Es
amigo mío.
El
inspector llegó en ese momento. Los chicos del CDM le entregaron a la banda y
los botines robados. Javi prometió pasarle un informe completo al día
siguiente.
―Gracias de nuevo―dijo el inspector―. Y enhorabuena, chicos.
―Somos una joya― dijo Lucas.
―¿Le pegamos ya? ―preguntó Pally, harto de las tonterías
de Lucas.
Y
aún no había terminado el curso. Quedaba aún un viaje de estudios que, tal y
como iban las cosas, no parecía que fuera a ser tranquilo. Y si no era, iba a
ser toda una sorpresa.
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